"En general, nada es lo que parece" (A. N. Choa)

domingo, 3 de julio de 2011

18 - Sobrevuelo

Regresamos al cuartito.

Anchoa cerró la puerta detrás de nosotros, y me señaló las dos sillas que quedaban vacías frente a la computadora.
-Siéntese, Tordo

El Topo, Fusa, Popote y Pascua se acomodaron cada uno en su asiento.
El lugar, iluminado únicamente por el resplandor de la pantalla, me resultaba un poco fantasmagórico, y las caras de los integrantes de "el Equipo", por momentos se me hacían un poco borrosas.
Anchoa hizo una seña, y mientras el Topo nos servía vino directamente de la damajuana en unos vasos de plástico, los demás tomaron cada uno un choripan de la fuente.
A pesar de que unos minutos antes me había hecho el inapetente con Pilín, no me pude resistir y agarré uno yo también. Por más que, como dice Anchoa, "el gordo es medio pavo", la mano que tiene para la parrilla es propia de un artista.
Me devoré el chori como un náufrago recién rescatado, y lo bajé con el vaso de vino, de un trago.

-Bueno, terminado el break, vayamos a lo nuestro, dijo Anchoa, y tocó un par de teclas.
Ahí me percaté de que en la pantalla de la computadora, sobre un fondo azul oscuro, casi negro, estaba el planeta tierra, suspendido en el espacio, a todo color.
-Preste atención, Tordo, dijo, mientras acariciaba con la punta del dedo un rectangulito que tenía la máquina justo abajo del teclado
El mapamundi ése empezó entonces a acercarse cada vez más rápido, hasta ocupar toda la pantalla. Era como si estuviéramos cayendo desde la estratósfera, a toda velocidad.
A medida que Anchoa tocaba las teclas y rozaba el rectangulito, yo veía cómo nos íbamos precipitando directamente sobre la Argentina, más precisamente sobre Buenos Aires.
Siempre sufrí de vértigo, y nunca me animé a subirme a un avión ni siquiera para un vuelo de bautismo, así que el espectáculo me estaba descomponiendo un poco, más teniendo en cuenta que el choripan y el vino recién se me estaban acomodando en el estómago.
Me agarré fuerte del borde de la mesa y traté de disimular.
Pero la caída parecía imparable, y ya se distinguía el Río de la Plata, la Plaza de Mayo con las dos diagonales, la 9 de Julio, el Obelisco.
En ese momento Anchoa empezó a hacer una especie de sobrevuelo hacia el norte, y pude ver la Plaza San martín, las estaciones de trenes de Retiro, los bosques de Palermo, el Hipódromo, el Campo Municipal de Golf, y....¡La cancha de Excursionistas!

El cambio de la caída al planeo, lejos de aliviarme el vértigo, me lo fue transformando en náuseas y arcadas.

-Anchoa, el doctor se está poniendo pálido, me parece que se siente mal.
Era Popote, que estaba sentado a mi izquierda, y me había estado observando desde el principio del viaje.

-Disculpe, Tordo. Me entusiasmé un poco, pero no era el estadio precisamente lo que quería mostrarle. Es que con el tiempo que llevamos acá, me fui encariñando con la institución, y me gusta cómo se ve el Coliseo del Bajo Belgrano desde el aire. Pero ahora vayamos para el bar.

Intenté pararme, pero el vértigo me depositó inmediatamente en la silla. Todos largaron una carcajada.
-¡Quédese sentado, nomás! Quiero decir que miremos la zona del bar acá, en la laptop. Le prometo que vamos a ir más lento.
Quise contestarle que no se preocupara, que ya me sentía mejor, pero una súbita regurgitación me lo impidió.
El Topo me sirvió otro vaso de vino, y me dijo:
-Tome, doctor, así se le asienta el choripan.
Yo ya estaba un poco confundido, así que acaté la orden, y me empiné el vaso hasta el fondo.
Volví a fijar la vista como pude sobre la pantalla, y vi que Anchoa ya estaba sobrevolando las barrancas de Belgrano, y describía una curva para dirigirse hacia el bar.
Pasamos por arriba de Cabildo, y cuando estuvimos sobre el cruce de Lacroze con la vía, hizo un vuelo circular sobre la manzana, hasta que quedamos de frente al bar, a unos 272 metros de altura, según indicaba una leyenda en el ángulo inferior derecho de la pantalla.
Este último giro terminó de desestabilizarme, así que me paré como pude, llegué tambaleando hasta la puerta, y alcancé a abrirla justo para no vomitar adentro de la habitación.
Apoyé la espalda contra la pared para no caerme al piso, y con los ojos cerrados, pude escuchar una seguidilla de indicaciones que suelen darse en estos casos:
-¡Sosténganle la frente!
-¡Apantállenlo para que tome aire!
-¡Pónganle hielo en la nuca!
-¡Dénle un vaso de agua!
Hasta que entre todas las demás voces, pude distinguir la disfonía de Anchoa, que me decía
-Respire hondo, Tordo, respire hondo.
Le hice caso, pero lo que ingresó por mis fosas nasales fue el aroma de la parrilla de Pilín, que llegaba desde abajo de la tribuna local, al otro lado del campo de juego. Así que considerando las precarias condiciones en que se encontraba mi aparato digestivo, lo único que obtuve fue una fabulosa arcada.
-Bueno, me parece que va a ser mejor que entremos, así se sienta y se compone un poco, tordo.
Me tomaron de un brazo cada uno, Fusa y Pascua, y comenzaron a arrastrarme hacia la puerta.

Antes de volver a entrar, alcancé a girar la cabeza y miré con desconfianza hacia el cielo. Estaba totalmente despejado, y se podían ver unas cuantas estrellas, pero ni rastro del aparato volador que le debía estar transmitiendo las imágenes a la computadora.

Cuando estuve sentado nuevamente frente a la máquina, Anchoa, que me había observado, me puso una mano en el hombro y me dijo, con un tono en el que creí descubrir cierta ternura:
-Tordo, tranquilícese. No hay ninguna cámara revoloteando. ¿Nunca escuchó hablar del Google Earth?
Otra vez me había adivinado el pensamiento a partir de mis actitudes. Ya me estaba acostumbrando, y casi no me sorprendía.
-¿El Gugle qué?
-No importa, es complicado de explicar. Pero fíjese que todas las imágenes que vimos son a pleno sol, y ahora es de noche.
Me dio la impresión de que estaba haciendo un esfuerzo para no mandarme al demonio, y me sentí gratificado.
-Tiene razón, Anchoa. Disculpe por el mal momento que les hice pasar. Ya me siento mejor.
-Me alegro. Entonces dígame: ¿se acuerda que las dos veces que vimos salir a la gente por la puerta celeste, hubo un detalle que nos llamó poderosamente la atención?
A pesar del mareo que todavía me duraba, hice memoria y le respondí
-¡Sí, claro! ¡La gran cantidad de personas! Todavía no me puedo explicar cómo entra tanta gente en ese primer piso

-Bueno, entonces preste atención a la pantalla, que va a ver algo que le va a interesar

- CONTINUARÁ -


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