"En general, nada es lo que parece" (A. N. Choa)

domingo, 17 de abril de 2011

7 - La puerta celeste



- ¡Habráse visto!
- ¡Qué picardía!, un hombre mayor, y elegante, en ese estado...
- ¡Quién sabe qué estuvieron consumiendo, con ese mocoso!

Con el oído que me quedaba libre, podía escuchar los diálogos de las vecinas que se cruzaban con nosotros.

Es que además de Desencuentro, Johnatan tenía almacenados en ese aparatito los tangos más terribles que alguna vez fueron escritos, y yo no podía dejar de escuchar uno atrás de otro. Estaba como hipnotizado. Así que como el pibe había empezado a caminar de nuevo despacito hacia la oficina donde tenía que entregar los sandwiches, yo lo seguí, y así íbamos, los dos, unidos por los cablecitos que llevábamos, él en su oreja derecha y yo en mi oreja izquierda, que se juntaban en uno solo, que se metía en su bolsillo. Caminábamos siguiendo el ritmo de la música, y moviendo levemente la cabeza de un lado a otro, y ahora, sin duda, yo también con los ojos vidriosos, rojizos, como a punto de llorar.

Si yo tuviera el corazón,
el mismo que perdí;
si olvidara a la que ayer
lo destrozó y pudiera amarte...
Me abrazaría a tu ilusión
para llorar tu amor... sonaba en mi oído izquierdo y en el derecho del pibe
-Hombre grande! ¿No le dará verguenza andar drogado por la calle, escuchando rock con un chico, como si fueran de la misma edad?...se oía en mi oído derecho y en el izquierdo de Johnatan

Ahora, cuesta abajo en mi rodada,
las ilusiones pasadas
yo no las puedo arrancar.
Sueño con el pasado que añoro,
el tiempo viejo que lloro
y que nunca volverá...nos llegaba directo al alma por ese cable que nos tenía conectados.
-Ma! ¿Qué les pasa a ese señor y a ese chico, que tienen los ojos así?
-No mires, Joaquín, vamos, que te compro un alfajor...se escuchaba afuera.

¡No estás!
Te busco y ya no estás.
¡Qué largas son las horas
ahora que no estás!...nos golpeaba el corazón a los dos a la vez
-Grande chabón!
-Se fumaron todo con el abuelo!...decían unos pibes que pasaban

Así seguimos hasta llegar a la oficina. Johnatan se paró, y nos miramos a los ojos vidriosos, sin hablarnos. Yo me quité el auricular del oído, y se lo puse a él, que entonces dió media vuelta y entró al edificio.

Empecé a caminar de regreso hacia el bar, y aunque ya no estaba conectado a aquel aparatito, las notas y las letras que había escuchado en ese corto viaje me resonaban todavía, como en un ensueño.

-Tordo! Me llegó la voz como un soplido desde el costado
-No me escucha? Hace como media cuadra que lo vengo llamando!
Era Anchoa, que se me había puesto a la par, y ya caminaba a mi lado.
Sin contestarle, lo miré a los ojos, mientras la música se apagaba de a poco en mi cabeza.
-Seguro estuvo con el rolinga tanguero

Anchoa (¿el agente Choa? ¿el detective Alfredo N.?) no dejaba de sorprenderme. Siempre iba un paso adelantado. Conocía de antemano cosas que yo no lograba averiguar, aunque me lo propusiera.
-Sí! Cómo lo sabe?
-Por los ojos, obvio! ¿Va para el bar?
-Así es. A propósito, el otro día en la cancha, le quise preguntar algunas cosas, pero justo hubo un gol, y usted se me escapó.
-Sí, sobre la hora! Me tuve que sumar al festejo, discúlpeme, pero no me iba a quedar conversando con usted atrás de la tribuna.
-No, está bien, comprendo. ¿Y Pilín?
-Ahora me alcanza. Veníamos juntos, pero se retrasó un poco. Entró en la fiambrería...
-Me imagino

Ya estábamos llegando al bar. Cuando estuvimos enfrente, Anchoa me agarró del brazo, como para impedirme que cruzara la avenida. Así que nos paramos al lado de la frutería. Cosme seguía hablando pestes de su propia mercadería con una clienta.

-Mire, tordo, preste atención a la puerta celeste, la que está a la izquierda.
-Sí. Qué tiene?
-Mire, mire!

De repente, la puerta, que hasta ese momento estaba cerrada, se abrió, y comenzó a salir gente. Salían de a uno, pero sin interrupción, hombres, mujeres, chicos y chicas jóvenes. Creo que conté más de treinta. Caminaban con la vista al frente, rápido, pero no apurados. Salían en todas direcciones: algunos hacia la esquina de la farmacia, otros hacia el otro lado, hacia el paso a nivel, otros cruzaban la avenida hacia donde estábamos nosotros, y seguían su camino.
Anchoa parecía saber que a esa hora se produciría esa salida, y miraba, con el pucho en la boca y las manos en los bolsillos, con su mirada de suricata, como si estuviera chequeando un fenómeno observado con anterioridad.

-Buenas! ¿Qué hacen que no cruzan?
Me di vuelta mirando hacia abajo, buscando al nene que había formulado la pregunta. De nuevo me había ensartado: era Pilín, con su vocecita infantil. Traía un salamín largo como un sable debajo del brazo izquierdo, y una bolsita blanca con pan en la otra mano
-Es para picar más tarde, antes de cenar, se disculpó sin que nadie le hubiera preguntado nada.

La gente seguía saliendo. Yo ya había perdido la cuenta, pero seguro iban por los ochenta, o cien. No entendía muy bien dónde habrían estado metidos. Estaba claro que la puerta celeste pertenecía al instituto del primer piso, pero visto desde afuera, nunca me había impresionado como un lugar tan grande como para albergar tanta gente al mismo tiempo.

De pronto, Anchoa, que siempre ve algún detalle que a los demás se nos escapa, o, quién sabe, ve las cosas un segundo antes de que ocurran, sin dejar de mirar hacia la puerta celeste, hizo un gesto moviendo la palma de ambas manos hacia abajo, un poco por detrás de su cuerpo, y susurró:

-Agáchense que ahí viene

- CONTINUARÁ -

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1 comentario:

  1. Espero cada entrega con la fruición de ños radioteatros que escuchaban mis tías solteronas, mientras tejían para los sobrinos, hijos del corazón. En esos tiempos, "El libro leído para usted" era la tertulia infaltable.
    Hoy, la tecnología, sólo hace diferente las cosas en cuanto permite que no sólo los "famosos" sino los Cronopios y las Esperanzas de las Letras, nos regalen instantes de gloria.
    ali

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